Tuesday, December 22, 2009

Xenofobia y civilización

Hace años, cuando era estudiante universitario, escribí un artículo para el periódico de mi facultad titulado 'Xenofobia: reflejo de una crisis', a través del cual hacía un análisis de dicho fenómeno en Europa. Casi veinte años después, retomo en esta columna un asunto que se empeña en oscurecer ese mundo civilizado del cual presumen tanto los europeos.

El incremento de la xenofobia en Europa es un hecho concreto que se ha acentuado con vigor después de los ataques terroristas del 11 de septiembre y las réplicas europeas de Madrid y Londres. En particular, la relación con el mundo islámico y la existencia de una crisis económica mundial, que incrementa temores y genera inseguridades, han afectado el modo en que muchos europeos se relacionan con sus inmigrantes.

Entre sus confines, Europa ha presenciado en los últimos años un aumento significativo del capital político conseguido por fuerzas de derecha con tendencias xenófobas. Basta ver el avance de partidos de extrema derecha en las pasadas elecciones europeas en países como Austria, Italia, Dinamarca, Holanda y Francia para entender que dicho capital político refleja una tendencia clara frente al inmigrante

Existe, además, una evidencia amplia de la xenofobia en Europa de la cual ofrezco dos casos recientes. El primero tiene que ver con el voto del pueblo suizo que aprobó una ley bajo la cual se prohíbe la construcción de minaretes en las mezquitas de un país en donde los musulmanes representan tan sólo un 6 por ciento de la población. Tal y como lo menciona un reciente editorial de 'The New York Times', el voto suizo se presenta como una forma de combatir "la intolerancia con intolerancia".
En Italia ha generado escándalo la iniciativa 'Navidad Blanca', bajo la cual las autoridades del pueblo de Coccaglio van de puerta en puerta buscando extranjeros con permisos de trabajo vencidos, con el fin de deportarlos. El alcalde de dicha localidad se pronunció sobre esta iniciativa diciendo que se trataba de un acto de limpieza y que la navidad no era una ocasión para acoger, sino para reforzar la cultura cristiana de su pueblo. Un caso en el cual no se pone en tela de juicio la validez de controlar la inmigración ilegal, sino el cinismo xenófobo con el cual las autoridades de dicha localidad (miembros de la Lega Nord, un partido antiinmigrante que domina gran parte del norte italiano) han construido la iniciativa.

A pesar de que episodios como estos abundan, el sentir de la gran mayoría de europeos es diverso. El pluralismo democrático continúa siendo vital en la legislatura de la Unión y son múltiples las instancias en las cuales Europa ha creado mecanismos para acoger a sus nuevos habitantes. Sin embargo, la xenofobia para sembrar miedo no necesita ser propiedad de la gran mayoría. La sola tendencia al alza de discursos xenófobos en un continente que vivió la limpieza racial del nazismo y el fascismo no solo es inquietante, sino inaceptable.

Más aún, si dicha tendencia promueve leyes excluyentes como en el caso suizo, o ampara iniciativas como la de Coccaglio, es claro que el discurso xenófobo comienza a ir más allá de los actos aislados de agresión perpetrados por jóvenes neonazis en distintos países. En otras palabras, esta tendencia se vuelve peligrosa cuando comienza a ser determinante en aspectos relacionados con la creación de una sana convivencia social.

Dicha convivencia social resulta aún más difícil cuando facciones inmigrantes abusan de la sociedad que los recibe. El fanatismo y la intolerancia de algunos musulmanes que viven atrapados en una sociedad que no aceptan, o la criminalidad que algunos núcleos de inmigrantes han construido en Europa (trátese de suramericanos en España o de rumanos en Italia) terminan por alimentar la plataforma política xenófoba de la extrema derecha europea.

La situación actual en Europa con respecto a su inmigración es compleja, pues es el resultado de muchas emociones en juego. Es a dicho factor emocional al que se aferra el radicalismo del Viejo Continente y es precisamente a dicha construcción política a la que tiene que responder con vehemencia el Estado de derecho que se quiere hacer avanzar en Europa. El desafío es serio y sólo queda esperar que el principio de la razón prevalezca por encima del miedo y la intolerancia. Si los europeos quieren seguir presumiendo de su mundo civilizado, tendrán que seguir construyéndolo abrazando un futuro pluralista y democrático, de la misma forma que abrazan la grandeza de su pasado.

Monday, December 7, 2009

Decisión salomónica

La tan esperada estrategia de Barack Obama con respecto a la guerra contra el terrorismo en Afganistán y Pakistán ha sido finalmente presentada al mundo. Dicha estrategia apunta a una vía media entre el retiro de tropas y la continuación de la guerra. Una decisión salomónica que no favorece ningún interés político en particular y que envía una indicación clara sobre los principios que Obama utilizará de aquí en adelante en su mandato.

Después del anuncio del presidente, las críticas liberales y conservadoras salieron a flote por todos lados. Por una parte, fue palpable el desconsuelo que generó el anuncio de Obama entre muchos demócratas que soñaban con un retiro inmediato de las fuerzas estadounidenses de Afganistán. De hecho, algunos políticos demócratas expresaron su intención de cuestionar con furor la nueva estrategia durante el voto legislativo que terminará de aprobar la iniciativa del presidente.

Por otra parte, fue evidente el malestar que generó en las huestes republicanas el anuncio de una fecha para el retiro de las tropas. El ex candidato presidencial John McCain calificó de contradictoria la estrategia de Obama al considerar que no se puede hablar de retiro de tropas en términos de un calendario, sino en términos de las condiciones que se desarrollen en el campo de batalla.

En un clima político tan polarizado como el de los Estados Unidos, este tipo de críticas continuarán lloviendo a cántaros. Sin embargo, asumiendo que el plan de acción presentado por Obama sea efectivamente el resultado de un análisis profundo de la situación, pienso que la estrategia propuesta por el mandatario brilla por su dosis de responsabilidad y pragmatismo.

Primero que todo, Obama evitó caer en la irresponsabilidad que hubiera significado el retiro inmediato de tropas. Basta analizar la mayoría de los ataques terroristas desde el 11 de septiembre para entender que el radicalismo islámico en Afganistán y Pakistán es la fuente principal de inspiración de la yihad global. Si a esto le sumamos el momentum que el talibán ha ganado en Afganistán recientemente, el abandono de dicho país en uno de sus momentos más frágiles habría representado un gesto inaceptable.

Segundo, Obama evitó caer en la irresponsabilidad de proponer una guerra al infinito gracias a que su estrategia prevé en 18 meses la construcción de garantías mínimas de seguridad bajo las cuales será posible comenzar el retiro de las tropas de la región. El presidente no elaboró un plan de construcción nacional para Afganistán (como algunos de sus críticos lo sugieren) ni tampoco equiparó el éxito de su estrategia con idealismos de victoria propios de las guerras del siglo pasado.

En realidad, la estrategia de Obama está llena de un pragmatismo que toma en consideración el hecho de que los Estados Unidos de hoy no están en capacidad de ponerse a financiar proyectos nacionales en tierras tan caóticas como Afganistán. Por ello, el objetivo primordial del nuevo envío de tropas a Afganistán es el de debilitar al máximo la red terrorista en ese país, ayudando paralelamente a fortificar el statu quo del gobierno afgano con el fin de frenar el radicalismo en la región. Lógicamente, para que el objetivo se cumpla, será indispensable que la estrategia de Obama haya definido expectativas claras con respecto al papel que jugará Pakistán en los próximo años.

Vista de otro modo, la iniciativa que el presidente ha diseñado para Afganistán se presenta como una especie de final decoroso para una misión militar que lleva casi una década en dicho país. Más aun, pienso que se trata en realidad de una estrategia de salida que se ha trazado una serie de objetivos alcanzables y útiles en la guerra contra el terrorismo. El concepto de victoria en un conflicto que no tiene nada de convencional ha cambiado radicalmente y a eso le ha dado respuesta la estrategia de Obama.

El presidente ha optado por una estrategia salomónica que puede ser la respuesta más acertada que le podía dar al dilema en la región. En aras de defender los principios más nobles de nuestro mundo civilizado, sólo queda esperar que dicha decisión logre los resultados esperados.