Hace años, cuando era estudiante universitario, escribí un artículo para el periódico de mi facultad titulado 'Xenofobia: reflejo de una crisis', a través del cual hacía un análisis de dicho fenómeno en Europa. Casi veinte años después, retomo en esta columna un asunto que se empeña en oscurecer ese mundo civilizado del cual presumen tanto los europeos.El incremento de la xenofobia en Europa es un hecho concreto que se ha acentuado con vigor después de los ataques terroristas del 11 de septiembre y las réplicas europeas de Madrid y Londres. En particular, la relación con el mundo islámico y la existencia de una crisis económica mundial, que incrementa temores y genera inseguridades, han afectado el modo en que muchos europeos se relacionan con sus inmigrantes.
Entre sus confines, Europa ha presenciado en los últimos años un aumento significativo del capital político conseguido por fuerzas de derecha con tendencias xenófobas. Basta ver el avance de partidos de extrema derecha en las pasadas elecciones europeas en países como Austria, Italia, Dinamarca, Holanda y Francia para entender que dicho capital político refleja una tendencia clara frente al inmigrante
Existe, además, una evidencia amplia de la xenofobia en Europa de la cual ofrezco dos casos recientes. El primero tiene que ver con el voto del pueblo suizo que aprobó una ley bajo la cual se prohíbe la construcción de minaretes en las mezquitas de un país en donde los musulmanes representan tan sólo un 6 por ciento de la población. Tal y como lo menciona un reciente editorial de 'The New York Times', el voto suizo se presenta como una forma de combatir "la intolerancia con intolerancia".
En Italia ha generado escándalo la iniciativa 'Navidad Blanca', bajo la cual las autoridades del pueblo de Coccaglio van de puerta en puerta buscando extranjeros con permisos de trabajo vencidos, con el fin de deportarlos. El alcalde de dicha localidad se pronunció sobre esta iniciativa diciendo que se trataba de un acto de limpieza y que la navidad no era una ocasión para acoger, sino para reforzar la cultura cristiana de su pueblo. Un caso en el cual no se pone en tela de juicio la validez de controlar la inmigración ilegal, sino el cinismo xenófobo con el cual las autoridades de dicha localidad (miembros de la Lega Nord, un partido antiinmigrante que domina gran parte del norte italiano) han construido la iniciativa.
A pesar de que episodios como estos abundan, el sentir de la gran mayoría de europeos es diverso. El pluralismo democrático continúa siendo vital en la legislatura de la Unión y son múltiples las instancias en las cuales Europa ha creado mecanismos para acoger a sus nuevos habitantes. Sin embargo, la xenofobia para sembrar miedo no necesita ser propiedad de la gran mayoría. La sola tendencia al alza de discursos xenófobos en un continente que vivió la limpieza racial del nazismo y el fascismo no solo es inquietante, sino inaceptable.
Más aún, si dicha tendencia promueve leyes excluyentes como en el caso suizo, o ampara iniciativas como la de Coccaglio, es claro que el discurso xenófobo comienza a ir más allá de los actos aislados de agresión perpetrados por jóvenes neonazis en distintos países. En otras palabras, esta tendencia se vuelve peligrosa cuando comienza a ser determinante en aspectos relacionados con la creación de una sana convivencia social.
Dicha convivencia social resulta aún más difícil cuando facciones inmigrantes abusan de la sociedad que los recibe. El fanatismo y la intolerancia de algunos musulmanes que viven atrapados en una sociedad que no aceptan, o la criminalidad que algunos núcleos de inmigrantes han construido en Europa (trátese de suramericanos en España o de rumanos en Italia) terminan por alimentar la plataforma política xenófoba de la extrema derecha europea.
La situación actual en Europa con respecto a su inmigración es compleja, pues es el resultado de muchas emociones en juego. Es a dicho factor emocional al que se aferra el radicalismo del Viejo Continente y es precisamente a dicha construcción política a la que tiene que responder con vehemencia el Estado de derecho que se quiere hacer avanzar en Europa. El desafío es serio y sólo queda esperar que el principio de la razón prevalezca por encima del miedo y la intolerancia. Si los europeos quieren seguir presumiendo de su mundo civilizado, tendrán que seguir construyéndolo abrazando un futuro pluralista y democrático, de la misma forma que abrazan la grandeza de su pasado.
